Lo estrenó…

Lo volví a hacer. Me convertí en el debut de un novato. Se llama Sergio y la verdad es que resultó ser muy tierno. La timidez, en algunos, luce muy bien. Pues me han tocado algunos gallitos de pelea que se creen unos verdugos del amor por haber visto películas porno, pero cuando van al meollo del asunto, a la vida real, se baten como locos y se les bota el champán en menos de un minuto. Al menos Sergio procuró portarse como un amante preocupado y bondadoso.
Ojo. Cuando digo fui su debut no quiero decir que era virgen. Sexo ya había tenido. Yo solamente fui su debut en el de paga. Al menos eso me contó. Nunca había estado con una profesional, pero hoy las ganas fueron más que las dudas.
Es curioso cómo algunos que son muy discretos y callados al principio sienten la inmediata necesidad de hablar de sus cosas justo después de tirar. Sergio es muy tímido. Se divorció hace tiempo. Siempre ha sido trabajador y dedicado: le gusta leer, toca guitarra y se ha forjado una carrera en la arquitectura, pero su vida íntima es desastroza. Hacía tanto que no cogía que, según dice, ya estaba a punto de recuperar la virginidad por abstinencia y olvido.

Romper hielo

El caso es que Sergio, como ya dije, es asombrosamente tímido. Lo tenía a mi lado en la cama y creo que no quería ni verme, aunque se le notaba la curiosidad, estaba rígido como cantera. Para romper el hielo se me ocurrió preguntarle qué le divierte. Es cinéfilo y seriófilo (le gustan las series de televisión) Hablamos brevemente de nuestros gustos, de capítulos de una serie que ambos habíamos visto. Al principio yo hablé, mientras él sonreía y me veía de perfil, como de reojo, como si temiera que de pronto fuera a regañarlo o algo así. Poco a poco agarró confianza y se puso a hablar de televisión como todo un erudito.

—¿Me vas a hacer el amor? —le pregunté de pronto, sin aspavientos.
Se quedó muy quieto.
—Mi ex esposa decía que soy muy malo en la cama, te lo advierto —Me dijo mirando al suelo. Sonreí. Estaba en buenas manos y podía ayudarlo. Tomé su mano. Estaba tenso y frío.
—Relájate —dije suavecito acercándome a su oído—. Sé lo que hago.
Me coloqué encima y me quité la blusa y el sostén.
—Tócame —dije.
Me miró fascinado y lenta pero seguramente estiró sus brazos, abrió sus manos y las posó sobre mis senos.
—¿Te gusta?
Tragó saliva y asintió. Comenzaba a sentirlo caliente. Su miembro se movía entre mis piernas, empujando a través de la tela de su bóxer.
—Ahora déjamelo todo a mí. Estoy aquí para que tú disfrutes. Si la pasas bien, yo también. Así es el sexo. El secreto del buen sexo está en compartir.—dije y lo besé en la boca.
Sus labios estaban tensos y fríos, pero poco a poco se relajaban.
—Quiero que me beses —susurré tomando su rostro con ambas manos.
Típico tímido, besaba muy bien. Cariñosamente, sutilmente. Sus manos, como si de pronto algo en su cuerpo se hubiera activado, recorrieron mi cintura y se posaron en mis nalgas. Apretó hundiendo sus dedos en mi carne, dejando salir su joven instinto animal. Empecé a restregarme en su entrepierna, sintiendo la forma y el ángulo de su pala enhiesta. Cuando estaba en su cúspide, lo desnudé por completo. Me cotempló por unos instantes, pero no pudo sostenerme la mirada. Sabía lo que venía. Supongo que algo en él, un mecanismo emocional, se desligó de su cuerpo. Tenía muchas ganas de hacerlo, pero no quería ataduras emocionales. Se trataba estrictamente de sexo. Puro y neto sexo.

Acción
Le coloqué el condón y le pregunté si estaba bien.
—Sí —dijo con la voz firme.
Estaba erecto e hinchado. Me encaramé de vuelta encima de él y me ayudé con ambas manos para ensartarme. Sentí el sablazo grueso entre mis piernas, sentí su placer al penetrarme y enterrar, por fin, su pieza entera.
Me mecí despacito, acariciando su rostro y dándole besos en las mejillas, mientras él luchaba por aguantarse, presa de las pasiones de su cuerpo. Su sexo curvo me rozaba los labios, empapados y tibios, y su lengua describía circulitos muy tiernos en mis pezones rígidos y sensibles.
Lo escuché gemir despacito. Tenía los ojos cerrados y parecía muy concentrado. Su placer se acrecentaba, podía verlo en su rostro arrugado y su sonrisa apretada. Lo sentía venir, lentamente. Duró bastante, para ser honesta. El final fue inminente. Me agarró por la cintura, alzó su torso y se impulsó con las piernas para echarlo todo adentro. Acabó tembloroso y sumido en la cúspide el éxtasis. Fue un arrebato que no pudo controlar, ni quiso hacerlo. Imposible de luchar contra esa necesidad inherente de despojarse finalmente de ello.
—¿Te gustó? —pregunté, acercando mi rostro al suyo y besándolo en la mejilla.
—Sí —dijo complacido—. Mucho.
Se notaba en su tono de voz que algo había cambiado.

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