Despertó a la fiera

Un amigo opina que trabajar de puta no es cansado. Es obvio que sí. Cualquier esfuerzo es agotador, se disfrute o no la actividad. De hecho, tener sexo con desconocidos es cansado no solo desde el punto de vista de gasto de energía, sino psicológicamente.
Es agotador poner la cabeza y los sentidos en ánimo sexoso una y otra vez, con o sin deseo, hacer que el cliente se la pase bien, que encuentre lo que busca, que obtenga su orgasmo y consiga hacerme sentir las maripositas que desea que yo sienta.

*les gusta más
Porque a los clientes, al menos muchos de los míos, no les basta con venirse y disfrutar, necesitan que yo sienta, que me involucre en el juego y le ponga ganitas, que lo disfrute ¡pues! Y no basta gemir como borreguita, la piel debe erizarse, los besos deben gustar, los cuerpos entenderse. Lograr eso con cada cliente termina por cansar, pero se hace con gusto.
Y les cuento porque hace unos días me habló Ricardo. Era jueves, pero el miércoles me había desvelado y tenía muchísimo sueño. Ya antes había atendido a un par de clientes y la desvelada cobraba factura.
Disimulaba mis bostezos y daba lo mejor de mí, pero el sueño era harto, así que cuando llegué a mi casa, me metí a la cama y me quedé dormida.

*Pedido especial
Entonces fue cuando llamó Ricardo. Quería pasar un buen rato. Me desperecé metiéndome bajo la ducha. Me metí al coche y comencé a manejar al motel, antes de llegar, debo confesar, sentí el impulso de devolverme a mi casa y dormir lo que me hacía falta, pero Ricardo es a todo dar y primero es el profesionalismo.
En cuanto toqué la puerta que me correspondía, escuché pasos. Se abrió lentamente y apareció el rostro dulzón de Ricardo.Es alto y un poco choncho, pero se las ingenia para mantener un aspecto afable y bonachón, como de osote de peluche.

Iba trajeado y perfumado, como siempre. Me hizo pasar y me besó la mano como un Lord inglés antes de hacerme sentar en su regazo. Estaba superanimado, lo que contrastaba conmigo.
—¿Todo bien? —preguntó como un niño curioso

—Sí —dije acariciando su rostro con ambas manos—. Es solo un poquitín de sueño.
Sonrió y asintió, de acuerdo conmigo. Me habló sobre un par de cosas en su trabajo y lo escuché atenta, aunque con la mente en blanco. Empezó a desnudarse y yo a poner los condones a la mano.

*gusto
—Ven, Sandrita —dijo de pronto, esperándome acostado en la cama.
Me desnudó con experticia, acariciándome y besándome el cuello, susurrándome en el oído cosas dulces y sucias al mismo tiempo. Lamió mis labios y fue como si me conectaran a una toma de corriente. Algo surgió en mí como un respiro.

Lo abracé y empecé a besarlo con ansias, con mucha pasión. Nuestros cuerpos emitían calor y el roce de nuestras pieles era un verdadero estímulo para continuar sin parar. Sentí su pene, que se endurecía.
Y un potente e insaciable deseo se apoderó de mis ganas.
Él me apretó con fuerza, hundiendo su cara entre mis senos dispuestos. Pellizcó mis pezones y eso bastó para que desatara una fiera.
Le mordí los labios y le fascinó. Se colocó encima de mí, se puso el guante y me penetró sin más preámbulos. Lo envolví con las piernas y me aferré a su espalda, exhalando como una desesperada, menéandome y gozándomelo a todo ritmo.
De pronto todo ese cansancio se había esfumado y un sentimiento enérgico tomó su lugar. Rodamos por la cama, devorándonos y agitándonos. Sentía su miembro muy duro dentro de mí, a punto de estallar. Terminé encima y fue justo lo que necesitaba.
Mi cabello me cubría la cara y me bañaba el pecho empapado en sudor.
Las manos de Ricardo en mi cintura, sosteniéndome con firmeza, me excitaban aún más.
Cuando no pude aguantarlo más, sentí que nos fundíamos, que algo muy caliente nos unía hasta derretirnos. Él empujó con fuerza y se derramó a borbotones.

Era justo lo que necesitaba. Después de tan reconfortante encuentro me di cuenta de que el sexo también libera endorfinas, sube el ánimo y dinamiza las funciones del cuerpo.
Claro está: después de platicar un rato, me recosté en su pecho y me quedé profundamente dormida. Despertamos casi al amanecer. Él sonriendo. Yo, como una lechuga y con ganas de más.

Besos.
Sandrita

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