Grueso, largo y duro…

La situación era la siguiente, imagínatela: estoy boca arriba, apretando con mis puños bien cerrados los pliegos de la sábana. Si fuera por mí, la desgarraba. Casi no podía contenerme.
—Ay, así, así. Oh, por Dios, me matas —era todo lo que salía despacito y bajito, como un quejido de rico dolor, de mi boca hecha aguas.
Me relamía los labios con el gesto arrugado, la frente goteando sudor y las palabras como atravesadas en el paladar. No podía articular frases con soltura, aunque tampoco era que quisiera. ¿Qué punto tenía hablar si lo que experimentaba era impronunciable?
Josué tenía el rostro hundido entre mis piernas y lamía, lamía, lamía. También besaba y chupaba suavemente mis labios, mi vulva, mi clítoris hinchado.
Tenía las manos apoyadas en mi cadera y me sostenía así para que no pudiera escaparme, aunque obviamente eso era lo que menos pasaba por mi cabeza en ese momento. Estaba a merced de su talento labial y lingüístico, su forma peculiar de darme placer oral.

*Gustazo
A Josué le encanta hacer oral. No a todos les gusta. De eso casi nadie habla, pero es verdad. Muchos prefieren recibir, pero no saben o no quieren dar. Supongo que es cuestión de gustos.
Yo estoy contenta con chuparlo. Sentir la boca llena con un buen trozo, grueso, largo y duro de carne viril hace que me humedezca. Sin embargo, me gusta que me coman también. Para eso no todos están preparados, pero los que saben, saben. Josué es uno. Le encanta hacerlo.
Me ha dicho que al ver lo bien que se lo pasa la chica, él se excita de inmediato. Y me lo estaba haciendo muy rico. Llegó un orgasmo y él siguió lamiendo, vino un segundo orgasmo y él no paró, venía el tercero. Lo agarré por el cabello grueso y negro y hundí su cara en mi entrepierna, suplicándole que no parara.
Entonces fue demasiado para mí. Estaba sobre estimulada era tanto el placer, que dolía. Se sentía como una presión extrema, una línea delgadísima entre lo divino y la tortura.
Al borde de un abismo, le pedí que parara.
—Detente, por favor —susurré, como mareada y confundida.
Él se detuvo y me preguntó si estaba todo bien. Es muy considerado. Es un cincuentón delicioso.
—Sí —le respondí recuperando el aliento— Fue demasiado para mí.
*Pausa
Entendió perfectamente. Nos quedamos en silencio unos minutos, sintiendo cómo el alma me regresaba al cuerpo. Entonces le pedí disculpas por cortarle la inspiración. Para compensarlo, le dije, quería hacerle algo muy rico.
—¿Es lo que estoy imaginando? —preguntó con sus ojos pícaros.
—Espero. Tú solo déjate consentir —agregué relamiéndome los labios y haciéndole acostarse boca arriba—.
Alcancé el lubricante y un condón saborizado. Me apliqué un poco en la palma y empecé a chaquetearlo, suave y delicadamente.
Su pene, gordo, jugoso y grueso, se puso como de piedra en la palma de mi mano. Lo sentí crecer y palpitar entre mis dedos a medida que se lo sacudía, cada vez más rápido y fuerte.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—No pares —respondió, como si no me hubiera escuchado—. No pares, por favor.
Lo masturbé un buen rato, haciéndolo retorcerse de placer. Como en trance, en su mundo, repetía mi nombre entre exhalaciones suaves, acompasadas.
—Ahora viene la mejor parte —dije—. ¿Estás listo?
Extasiado, simplemente hizo “mmmjú”. Estaba más listo que nunca.

*La acción
Le bajé el condón con la boca, haciéndolo descender sobre su palo tieso y húmedo como una segunda piel. Me lo metí lo más hondo que pude, pero se había hecho más grande y más grueso. Lo sentí entero entre paladar y lengua, propulsándose como si estuviera vivo, fluyendo en sí por toda su textura y contextura.
—Oh, Sandrita, así, así —gemía y gruñía Josué—. No pares, te lo suplico.
Yo gemía con la boca llena, excitada y atascada. Josué me masajeaba las tetas con sus dos manos mientras yo se lo mamaba golosa, arqueando mi espalda y restregando mi entrepierna húmeda en sus pantorrillas.
Acarició mi cabello, empujando con suavidad mi cabeza hasta el fondo, inyectándome su tolete hasta la laringe. Entonces empecé a chuparlo ansiosamente, gimiendo y deseándolo con todas mis ganas.
Succioné su cabeza dura e hinchada, lamí su tallo venoso. Me lo metí hasta el fondo hasta que acabó con el cuerpo en un solo espasmo. Dado por terminado el asunto, vi el condón llenito de su leche.
—¿Te gustó? —pregunté.
Me miró con esa cara, con esa expresión universal e irónica de “¿tú qué crees?”

Besos.
sandrita

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