ME LO EMPUJÓ ENTERO…

Ultimamente he estado viendo a Raúl. Lo dejó la novia y  más que deprimido, anda cachondo. A Raúl lo estrené yo cuando  trabajaba en la agencia.

Yo estaba muy joven y él, aunque también chamo, era un poco mayor que yo. De cualquier modo, en esa época la mayoría de mis clientes eran señores, así que atender a un muchacho de mi edad era una novedad que me gustaba.

Raúl era grande para seguir virgen. De hecho, lo conocí porque su papá  lo llevó ahí  para que “se hiciera hombre”. Parece cosa de hace dos siglos, pero   muchos papás de cierto circuito social siguen haciendo con sus hijos como un rito de iniciación.

Inocencia

Raúl era tímido. Hasta el sexo pagado en principio le resultaba incómodo, se puso nervioso y no sabía qué hacer. Durante dos horas hablamos, nos relajamos,   nos desnudamos y lo dejé tocarme. Estaba excitadísimo. Se lo chupé y lo hicimos por unos minutos antes de que se vaciara en tiempo récord.

Desde entonces nos vemos esporádicamente. Ahora es de los más calientes y, bueno, desde que se quedó sin novia, me busca para que, si le falta amor, al menos, no le falte sexo. Nos vimos ayer.

Acariciaba su pecho. Él permanecía con las manos cruzadas detrás del cuello,   mirando un punto en el techo a medida que decía sus palabras.

—No quiero que vuelva. Por lo menos no ahora.

Consejo

No suelo meterme en la vida privada de mis clientes, pero lo de Raúl es interesante. Se supone que tenía una “relación abierta” con su novia y se la llevaban bastante bien. Tenían un trato: contarse todo.

El tema es que ella empezó una relación paralela sin consultarle a él y eso descontroló todo, echó por tierra la confianza que se tenían.

Raúl volteó a verme y fue como si adivinara mis intenciones. Me sostuvo el rostro con una mano y dirigió mi cabeza hacia la suya. Nos besamos sin mediar más palabras.

Poco a poco, su boca fue explorando mi cuello, dándome mordisquitos en los hombros, lamiendo las cumbres de mis senos.

Clavé las uñas en su espalda, lo entorné con las piernas y sentí su entusiasmo.

Se colocó el condón mientras yo le daba besos en el pecho. Le gustó tanto que empezó a retorcerse, apoyando su mano en mi hombro.

—¿Cómo me quieres? —le pregunté.

—Voltéate—gimió.

Me gusta cuando me coge en cuatro. Me acomodé dándole la espalda, coloqué una almohada debajo de mi cuerpo y recliné mi pecho sobre el colchón.

Raúl arrimó su cadera y me susurró algo al oído.   Mi piel se erizó completa y una cosquilla recorrió mi red de nervios.

Entonces me penetró. Sentí el atronador toque de su miembro hirviente en mis entrañas. Empecé a sudar y a mojarme en la entrepierna.

Mi cuerpo temblaba. Con la cadera entre sus manos firmes me sentía a merced de una bestia del placer. Me lo empujó entero, hasta el fondo, una y otra vez, haciendo tambalearme en los cimientos.

Apreté la sábana con los dedos y me mordí los labios. Mi cabello me cubrió la cara. Él lo apartó suavemente y me besó como un desesperado en busca de oxígeno. Algo bullía en mi interior.

Raúl escurrió sus manos por debajo de mi pecho y fue subiéndolas como hábiles reptiles hasta mis tetas, que convulsionaban con cada arremetida de su cadera. Me pellizcó con suma delicadeza los pezones y ahí sentí que se me venía un mundo encima.

Súplica

—No pares, por favor —le supliqué.

Arqueé la espalda y le ofrecí la curvatura de mis nalgas. Él plasmó sus dedos en mi carne e incrementó su ritmo frenético y delirante. Lo escuché tragarse sus gemidos, empujar y jalar mi cintura hacia sí, su corazón agitado.

—Oh ya casi, ya casi…—Lo escuché balbucear.

Nuestros músculos se tensaron. El tiempo se esfumó en la cortina de nuestros ojos apretados, nuestras bocas abiertas, nuestro ritmo cardiaco acelerado, toda la presión arterial pulsando hacia los puntos donde nace el clímax más puro.

Me desvanecí sobre la cama y el peso del cuerpo de Raúl me reconfortó aún más. Permanecimos así, muy quietos, como si fuéramos un  solo ser sin preocupaciones, prejuicios ni deslealtades. Mientras haya sexo y se disfrute, ¿qué importa nada más?

Besos.

Sandrita

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