El precoz Sr. pérez…

Hay alguien en mi cama. Mantengo la sensación de goce, aunque me cueste ordenar en mi cabeza los sucesos de anoche. Después de la fiesta, en la que perdí la cuenta de los tragos que me bebí, me fui con el tal Fernando.

No estaba para manejar, así que le confié el carro a la noche (esperando que no amaneciera en cuatro bloques) y nos metimos en un taxi. A media conversación me dio un beso y, así sin más, puso su mano entre mis piernas. Sentí un calambre delicioso, de esos cuando te entra una calentura incontenible.

En mi casa me dio una redoblona del demonio que me hizo clavarle las uñas en la espalda cuando ya no pude contener el orgasmo. Ya era tarde cuando me levanté como un rayo para peinarme y lavarme la cara. Cuando volví al cuarto, Fernando abrió los ojos y bostezó. Dijo buenos días y empezó a vestirse.

Desde la primera vez que nos vimos, supimos que esto sucedería. Nos gustamos ¿Por qué no íbamos a acabar en la cama? Era de esperarse. Él es divertido, besa muy bien y, bueno, coge divino. Mi ropa estaba en el suelo, describiendo un camino hacia mi cama. Ambos lo vimos al mismo tiempo, como leyendo un recuerdo, y sonreímos. Faltaba mi sostén. Fernando se despidió amablemente, procurando no demorar demasiado.

*Trabajo
Se me hacía tarde para ver a Pérez, un cliente de los regulares. Me apuré a bañar y salí como bala. Pérez es un poquito bizco y tiene el cuello gruesote como el de un toro. Su aspecto es de boxeador, pero en realidad es un peluche. Tanto por su carácter como porque es peludito, sobre todo en los brazos. Generalmente a Pérez le va bien conmigo, pero a veces le pasa que desenfunda y dispara muy rápido. A mí me da igual, al fin y al cabo, para eso paga, para venirse cuando le venga el calambre y cuantas veces quiera. Pero él se frustra. Estábamos, empezando el brinco, cuando ya se estaba crispando solito y soltando su leche en el condón, de bombazo, con los hombros contraídos y agarrado a mí como si se estuviera electrocutando y, frustrado, se tumbó a mi lado.

*Segundo round
Las palmas de su mano son suavecitas y sus cariñitos son de otro planeta. Empieza por la cabeza, rascándome muy suavemente en la coronilla. Luego va bajando, haciéndome bucles en el cabello, desenredando las hebras. Luego viene el cuello, los hombros, la espalda. Su mano pasa al ras de mi piel, que comienza a erizarse.
Sus dedos surcan mis nalgas, la cima redonda y la caída hacia el dulce abismo. Abro las piernas extasiada.

Pérez se acuesta junto a mí, sin dejar de masajearme. Sus manos hacen maravillas en mis piernas, en mis muslos. Subiendo e insinuando que más arriba hay un punto débil. Empiezo a sentirme húmeda allá abajo. Alzo la cara de medio lado y lo miro. Está listo para el segundo round. Se coloca el condón y se pone encima de mí. Yo levanto el torso y pongo las manos sobre la cama. Su sexo duro me toma por detrás. Se apoya en el colchón, colocando su mano al lado de mi cara. Se agarra y me lo mete poco a poco. Me estremezco. Entonces comienza a moverse, primero lento. Luego más rápido y más rápido. Estoy chorreando fluidos por la vagina, sintiendo el calor que emana su pene hinchado. Lo hacemos por un cuarto de hora sin parar. Es raro, pero cuando esto pasa, ya no se ve bizco y es más rico y divertido hacerlo así.

Besos. sandrita

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