Le cogí cariño…

Conozco a Gerardo desde hace un año. Hace tiempo perdió el trabajo. Antes de eso le iba muy bien, pero las cosas se le salieron de las manos. De la noche a la mañana pasó de recibir un sueldo muy bueno a no tener con qué llegar a fin de mes. Luego vino el divorcio, los problemas, todo se fue al carajo. Las cosas son así. Su ex mujer mantenía un buen trabajo y arregló que la separación quedara en términos que para ella parecían mejores. Ella se quedó con la casa, él con los carros y ninguno daría pensión al otro. Él sería papá de fines de semana y ella, de lunes a viernes.

Perderlo todo es complicado. Los ahorros se van como agua y pronto la esperanza empieza a darse golpes con la realidad. Cuando el efectivo escaseó, tomó la decisión de vender sus tres carros. En eso estaba cuando se enteró de que existía algo, en ese entonces novedoso: taxis de línea. Hoy, dice, hay muchos choferes y los filtros son menos rigurosos, pero en ese momento, las cosas se dieron que ni mandadas a hacer.

Metió una nave, que él mismo manejaba, y poco después habló con choferes para poner los otros dos. Le empezó a ir muy bien y, sacando de aquí, poniéndole allá, levantó otro negocio, un restaurancito en el que también le está yendo de maravilla. Hoy, se puede dar ciertos lujos.

*la llamada
Había tenido unos días buenos y, con efectivo en la cartera, se quiso dar un gusto. Una vez le pregunté si no le angustiaba despilfarrar, después de aquella bancarrota, pero no. Si cae dinero, se lo gasta. Quedamos en vernos esa misma noche.

Entré, subí por el ascensor y caminé  hasta su puerta. Iba a tocar cuando él abrió de repente.
—Pasa, amiguita — Siempre me dice así, pero con un tono tan cariñoso, que realmente lo empiezo a considerar como un amigo.

*acción
Estaba contento a su manera. Tenía prisa por empezar, pero se dio su tiempo. Se bebió un Red Bull y se metió al baño para ducharse. Mientras tanto, coloqué los condones y el lubricante sobre la mesa de noche, me quité el vestido y me acomodé en la cama para esperarlo con una pose de regalito. Salió con la toalla en la cintura, el cabello brilloso y aplastado hacia atrás. Me vio y paró en seco.

Se quitó la toalla como con un latigazo. Se clavó hacia la cama y me envolvió con sus brazos. Le puse resistencia porque sé que eso le excitaba más. No tardó mucho en besarme. Rodamos por la cama, restregándonos los cuerpos para entrar en calor. Entonces me dijo que le hiciera lo que le gusta. Se paró sobre la cama y yo alcancé el condón. Me puse en cuatro frente a él, mordí el empaque y saqué la gomita. Se la coloqué en la punta de su pene erecto y le bajé el hule con los labios, hasta el fondo. Succioné, gimiendo y hundiendo mi cara en su ingle. Él apretó las nalgas y empujó suavecito, exhalando suspiros de placer y repitiendo mi nombre como si le supiera a caramelo en el paladar. La cabeza de su miembro empujaba en mi garganta. La boca se me hacía agua y quería tragármelo entero. De pronto, Gerardo perdió el equilibrio y cayó de lado en el colchón.

Me sequé el mentón con el antebrazo y me encaramé con las piernas abiertas para cabalgarlo con pasión. Su pene me atravesó en vertical. Podía sentirlo en mis entrañas, entrando y saliendo, embadurnándose de mis fluidos. Me agarró las tetas y me pellizcó los pezones. Me taladró a diestra y siniestra, empujando hasta correrse de lleno y desorientado, gritando.
Besos. sandrita

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